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Publicado el 10 noviembre, 2016 - 18:26h

Hoy os dejamos la increíble historia de vida del residente Jesús Jiménez, un gran luchador.

Esperamos que os guste.

Gracias Jesús!!

Me llamo Jesús Jiménez Gómez, tengo 88 años, soy sevillano y resido actualmente en la residencia Monte Alto. Me quedé solo, sin nadie que me quisiera con 10 años. Para sobrevivir tuve que robar y no pude ir al colegio. Solía ser el que protegía a los niños de mi edad para que no abusaran de ellos. Como sus madres le daban bocadillos, ellos me daban la mitad a mí. Sus madres siempre les decían “niños tened cuidado por ahí” y ellos le respondían “tú tranquila, mamá, que a nosotros no nos pasa nada porque tenemos a un amigo llamado Jesuli que nos protege”. Ella les preguntaba “¿qué edad tiene ese héroe?”, yo tenía su misma edad. Una de estas mujeres quiso conocerme y hacerme un regalo. Me llevó a la peluquería para pelarme como a su hijo. También me puso unos pantalones, un jersey y unos zapatos. Esta señora me dijo “¡estás igual de guapo que mi hijo!” y me dio pan con manteca. Todo me salió de maravilla.

Ante dificultades de la vida nunca me he venido abajo, incluso cuando perdí una de mis piernas con 27 años. He trabajado 45 años como operario en la fábrica de cerveza de Cruzcampo. Allí tenían un caballo que yo a diario le pedía al capataz me dejara montar. Cuando lo conseguí, solía llevarlo a la Campana, en el centro de Sevilla. Había muchos extranjeros que al verlo me pedían poder tocarle, hacerle fotografías e incluso montarlo. Al finalizar me daban dinero por los favores prestados. Este mismo caballo fue el que me pisó y por el que tuve que amputarme la pierna.

Una pierna ortopédica me costaba 3500 ptas. Colombo, un compañero mío, recogió dinero entre los trabajadores de la empresa para poder comprarla. Pudo recaudar 2600 ptas. En lugar de dármelo a mí, se lo dio al director de lo social de la fábrica quien me llamó para contarme todo lo ocurrido. Me faltaban 900 ptas. que no podían asumir. Sin embargo, Alberto el dueño del restaurante Santa Cruz, que era muy buen amigo mío, me dio el dinero que me faltaba. Gracias a todos, pude disfrutar de mi nueva pierna.

Me hice sindicalista dentro de mi empresa donde luché por los trabajadores durante 25 años, aún conservo mi carnet de un partido independiente. Siempre me gustó ayudar a la gente.
Cuando yo era pequeño me crié al lado del asilo San Benito. Allí vivían viejecitos sin familia ni recursos a quienes cuidaban las monjas. Ponían a los hombres a un lado y a las mujeres en otro. Los que tenían posibilidad hacían trabajos allí, como ordeñar vacas o cuidar las tierras. Yo siempre decía que con esa edad nunca iría a un asilo. ¿Quién me iba a decir que yo iba a estar ahora en una residencia? Ahora les llamamos Residencia de la Tercera Edad.

Al principio noté mucho el cambio pero poco a poco me fui adaptando y de nuevo volví a superarme. Actualmente me encuentro muy bien y sigo luchando como siempre he hecho.

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