23/09/2016



Publicado el 23 septiembre, 2016 - 08:52h

Estación de la bruma y la dulce abundancia,

gran amiga del sol que todo lo madura,

tú que con él planeas cómo dar carga y gozo

de frutos a la vid, bajo el pajizo alero;

cómo doblar los árboles musgosos de las chozas,

con peso de manzanas, y sazonar los frutos.

y henchir la calabaza y rellenar de un dulce

grano las avellanas: cómo abrir más y más

flores tardías para las abejas, y en tanto

crean puesto que los cálidos días no acaban nunca,

pues les colmó el estío sus pegajosas celdas.

¿Quién, entre tu abundancia, no te ha visto a menudo?

 A veces, el que busque fuera, podrá encontrarte

 sentado en un granero, en el suelo, al descuido,

 el pelo suavemente alzado por la brisa

 algo viva; o dormido, en un surco que a medias

 segaron, al aliento de las adormideras,

 mientras tu hoz respeta trigo próximo y flores

 enlazadas. Y a veces, como una espigadora,

 enhiesta la cargada cabeza, un riachuelo

 cruzas; o junto a alguna prensa de cidras, velas

 pacientemente el último fluir, horas y horas.

¿Dónde están las canciones de primavera? ¡Ah! ¿Dónde?

 Ni pienses más en ellas, pues ya tienes tu música,

 cuando estriadas nubes florecen el suave

 morir del día y tiñen de rosa los rastrojos;

 entonces el doliente coro de los mosquitos

 entre sauces del río se lamenta, elevándose

 o bajando, según el soplar de la brisa;

 y balan los crecidos corderos en los montes;

 canta el grillo en el seto; y ya, con trino blando,

 en el jardín cercado, el petirrojo silba

 y únense golondrinas, gorjeando, en el cielo.

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